Un viaje al Reino Unido como son los britanicos

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Cuando pensamos en el pueblo inglés no es difícil caer en el tópico. Asociar a todo ciudadano británico con aquel caballero elegante con tocado de bombín, armado con paraguas negro y la edición matutina del Times, paseando su figura burguesa por la City. O bien dibujar en nuestra mente Hyde Park en una mañana apacible, visitado por deportistas afanosos, mientras en Buckingham unos guardias relevan a otros vestidos con antiguo e imperial esplendor. Pero eso sería simplificar y renunciar a comprender a toda esa curiosa galería de personajes.

Todos ellos son efecto de dos constantes seculares del pueblo británico: su profundo respeto por la libertad individual y la justicia, y su sentido religioso. Ambos vienen de lejos.

La Carta Magna -orgullo nacional de los británicos, por cierto- carecía de un estructura regular como la del derecho romano; era en realidad una simple compilación de casos sin orden alguno. Pero establecía dos principios: los ciudadanos tienen derecho a que se les haga justicia, y el rey está sometido a la ley. Con esa Carta nació la idea de que el Estado estaba supeditado al individuo, y no al revés.

Luego está la formación religiosa heredada del protestantismo. Éste permite al creyente interpretar la voluntad divina lo hace, en consecuencia, responsable de sus actos. Mientras la Common Law fomenta el individualismo, la reforma protestante insiste en la responsabilidad moral individual.

La combinación de aquel innovador -y luego exportado- sentido de la ley y la justicia con la aplicación de la moral luterana desembocaron no sólo en una fuerte cohesión nacional, sino en un sentido del deber y la responsabilidad poderosamente arraigado en los británicos. Aunque la actualidad globalizada y multicultural parezca a veces haberle puesto fecha de caducidad, todavía la vieja Gran Bretaña nos parece un mundo distinto, gobernado por reglas no escritas pero bien conocidas. Es eso lo que le ha dado ese aire distinguido y diferente, que a veces la hace parecer distante y antipática, pero que es la fuente de todo su atractivo.